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El Cielo de la Noche en que un Moho Cambió el Destino de la Humanidad

Fecha:28 septiembre 1928
Lugar:Hospital St Mary's, Londres, Reino Unido
Coordenadas:51.5074, -0.1278
Categoria:Ciencia

El 28 de septiembre de 1928, Alexander Fleming, bacteriólogo escocés en el Hospital St Mary's de Londres, notó algo extraño al examinar unas placas de Petri que había dejado antes de sus vacaciones: un moho había contaminado una de ellas, y las colonias de estafilococos alrededor habían sido destruidas. Esta observación fortuita conduciría al descubrimiento de la penicilina, el primer antibiótico, y salvaría cientos de millones de vidas humanas. Este mapa estelar captura la bóveda estrellada sobre Londres aquella noche — el cielo bajo el cual nació la medicina moderna.

Contexto historico

La historia de la penicilina es una de las más extraordinarias de la ciencia — un relato donde el azar, el descuido y la genialidad de la observación se entrelazan para producir un descubrimiento que salvaría más vidas humanas que cualquier otro en la historia de la medicina.

Alexander Fleming tenía cuarenta y siete años en septiembre de 1928. Escocés de nacimiento, hijo de un granjero de las Tierras Bajas, había estudiado medicina en Londres y servido como capitán en el Royal Army Medical Corps durante la Primera Guerra Mundial. En los hospitales de campaña de Flandes, había visto morir a miles de soldados no por sus heridas, sino por las infecciones que se desarrollaban en ellas. Los antisépticos de la época — fenol, yodo — eran casi tan destructivos para los tejidos sanos como para las bacterias. Fleming salió de la guerra con una obsesión: encontrar una sustancia capaz de matar bacterias sin destruir las células humanas.

De regreso en Londres tras la guerra, Fleming se incorporó al departamento de bacteriología del Hospital St Mary's en Paddington, bajo la dirección de Sir Almroth Wright, un pionero de la vacunación. Su laboratorio, en el segundo piso, era notoriamente desordenado — una característica que, por un extraordinario capricho del destino, cambiaría el curso de la historia.

En septiembre de 1928, Fleming partió de vacaciones familiares a Escocia, dejando atrás una pila de placas de Petri con cultivos de Staphylococcus aureus — bacterias responsables de muchas infecciones mortales. Las ventanas de su laboratorio, que daban a Praed Street, quedaron entreabiertas para dejar circular el aire en el calor del verano que se extinguía.

Cuando Fleming regresó el 28 de septiembre, comenzó a clasificar sus placas de Petri, tirando las contaminadas en una bandeja con desinfectante. Fue entonces cuando su antiguo asistente, Merlin Pryce, pasó a visitarle. Fleming, queriendo mostrar su trabajo, tomó una placa que acababa de apartar. La examinó más de cerca. Y vio algo que detuvo su mirada.

Una mancha de moho verde se había desarrollado sobre el agar — una contaminación banal en los laboratorios de la época. Pero alrededor de ese moho, las colonias de estafilococos habían desaparecido. Un círculo transparente rodeaba el hongo, como si una fuerza invisible hubiera disuelto las bacterias. Fleming pronunció entonces las palabras que se han hecho legendarias, con típica flema británica: «Qué curioso.» ("That's funny.")

Lo que Fleming veía era el efecto de una sustancia segregada por el hongo Penicillium notatum — una sustancia capaz de destruir bacterias a distancia. La llamó «penicilina». Dedicó las semanas siguientes a estudiarla, descubriendo que era eficaz contra un amplio espectro de bacterias patógenas mientras resultaba notablemente inofensiva para las células humanas y animales. Era exactamente lo que buscaba desde las trincheras de Flandes.

¿Qué cielo velaba sobre Londres aquella noche del 28 de septiembre de 1928? El otoño londinense apenas comenzaba. El crepúsculo caía temprano sobre Paddington, las farolas de gas de Praed Street proyectando su resplandor amarillento sobre las aceras húmedas. Sobre los tejados del Hospital St Mary's, el cielo de septiembre ofrecía un espectáculo notable.

La constelación de Sagitario se situaba baja en el horizonte sur, con el corazón de la Vía Láctea — invisible desde el cielo contaminado de Londres, pero presente tras el velo luminoso de la ciudad. El Triángulo de verano aún dominaba el firmamento: Vega, en la Lira, brillaba casi en el cénit con su característica luz azul; Deneb, en el Cisne, marcaba el vértice de la Cruz del Norte; y Altair, en el Águila, centelleaba al sur. La constelación de Pegaso ascendía por el este, su Gran Cuadrado de cuatro estrellas fácilmente reconocible. Fomalhaut, la estrella solitaria del Pez Austral, parpadeaba baja en el horizonte sur — una de las pocas estrellas brillantes de esa región austera del cielo otoñal.

Pero Fleming no miraba las estrellas aquella noche. Miraba una placa de Petri. Y en esa placa de Petri, en el halo de inhibición alrededor de un moho verdoso, veía algo que nadie antes que él había comprendido: el futuro de la medicina.

Haría falta más de una década antes de que la penicilina se convirtiera en un fármaco utilizable. El propio Fleming nunca logró producir la sustancia en cantidad suficiente ni purificarla. Fueron Howard Florey y Ernst Boris Chain, en Oxford, quienes realizaron ese trabajo titánico entre 1939 y 1941, en plena Segunda Guerra Mundial. En 1944, la penicilina se producía a escala industrial en Estados Unidos, y los soldados aliados del Día D fueron los primeros en beneficiarse masivamente. Las infecciones que antes mataban en pocos días eran vencidas en pocas horas.

En 1945, Fleming, Florey y Chain recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina. En su discurso de aceptación, Fleming lanzó una advertencia profética: si la penicilina se usaba sin discernimiento, las bacterias desarrollarían resistencias. Esa advertencia, ampliamente ignorada durante décadas, resuena hoy con alarmante urgencia, en una época en que las «superbacterias» resistentes a los antibióticos constituyen una de las amenazas más graves para la salud mundial.

Se estima que la penicilina y los antibióticos derivados de ella han salvado más de 200 millones de vidas desde su introducción. Antes de la penicilina, un simple corte infectado podía ser fatal. Una neumonía bacteriana era a menudo una sentencia de muerte. La tuberculosis, la escarlatina, la septicemia — flagelos que diezmaban a la humanidad desde hacía milenios — se convirtieron en enfermedades tratables en cuestión de días.

Todo porque una mañana de septiembre de 1928, un bacteriólogo escocés con un laboratorio desordenado notó una mancha de moho en una placa olvidada. Bajo el cielo otoñal de Londres, en un pequeño laboratorio de Paddington, el azar y la observación acababan de conspirar para ofrecer a la humanidad su arma más poderosa contra la enfermedad — nacida de un moho, bajo las estrellas.

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