El Cielo del Día en que la Humanidad Abrió un Ojo al Infinito
El 24 de abril de 1990, a las 12:33 UTC, el transbordador espacial Discovery se arrancó de la plataforma de lanzamiento 39B del Centro Espacial Kennedy, llevando en su bodega de carga el Telescopio Espacial Hubble. Este cilindro de 13 metros, con un peso de 11 toneladas, se convertiría en el instrumento científico más transformador de la historia de la astronomía. Este mapa estelar captura la bóveda celeste sobre Cabo Cañaveral en el momento del lanzamiento — el último instante en que la humanidad contempló las estrellas sin la ayuda del ojo que vería hasta el borde del universo observable.
Contexto historico
El 24 de abril de 1990, el transbordador espacial Discovery se erguía sobre la plataforma de lanzamiento 39B del Centro Espacial Kennedy, envuelto en volutas de oxígeno líquido que escapaban de su tanque externo anaranjado. En su bodega de carga de 18 metros, un cilindro plateado del tamaño de un autobús escolar esperaba pacientemente: el Telescopio Espacial Hubble, el proyecto más ambicioso y más atormentado de la historia de la NASA.
El telescopio debía su nombre a Edwin Hubble, el astrónomo estadounidense que en 1929 había descubierto que el universo estaba en expansión — una revelación tan profunda que el propio Einstein tuvo que modificar sus ecuaciones para acomodarla. Hubble había observado que las galaxias lejanas se alejaban de nosotros, y que cuanto más lejos estaban, más rápido huían. El universo no era estático. Había tenido un principio. Había habido un Big Bang.
Pero observar los confines de este universo en expansión desde la superficie terrestre planteaba un problema fundamental: la atmósfera. Esta fina capa de gas que nos permite respirar también distorsiona la luz de las estrellas. Es lo que hace titilar a las estrellas — un espectáculo romántico para los poetas, pero una pesadilla para los astrónomos. Ya en los años 1940, el astrofísico Lyman Spitzer había propuesto colocar un telescopio en órbita, por encima de la atmósfera turbulenta. Serían necesarios cuarenta años de cabildeo, diseño y construcción para convertir esa visión en realidad.
A las 12:33 UTC, los cinco motores del Discovery rugieron y el transbordador se elevó en el cielo de Florida, dejando tras de sí una columna de humo y llamas visible a kilómetros de distancia. A bordo, cinco astronautas — Loren Shriver, Charles Bolden, Bruce McCandless, Kathryn Sullivan y Steven Hawley — tenían la misión de colocar el Hubble en órbita a 600 kilómetros de altitud.
Al día siguiente, el 25 de abril, el brazo robótico del Discovery levantó delicadamente el telescopio de la bodega de carga y lo liberó en el vacío espacial. Sus paneles solares se desplegaron, sus antenas se orientaron hacia los satélites de retransmisión, y el ojo más poderoso jamás construido por la humanidad se abrió al universo. O al menos, eso es lo que debería haber sucedido.
Porque el Hubble tenía un defecto. Su espejo primario de 2,4 metros — pulido con una precisión de una sesenta y cuatro milésima de milímetro — presentaba una aberración esférica. El borde del espejo había sido tallado 2,2 micrómetros demasiado plano, un error de una fracción ínfima del grosor de un cabello humano. Pero era suficiente para hacer borrosas las imágenes. Las primeras fotografías del Hubble, en lugar de las visiones cristalinas prometidas, mostraban estrellas rodeadas de un halo brumoso. El telescopio de 1.500 millones de dólares era miope.
La noticia fue portada en los periódicos de todo el mundo. El Hubble se convirtió en el hazmerreír de los humoristas. La NASA fue humillada. Durante tres años, los ingenieros trabajaron febrilmente para diseñar unas «gafas correctoras» para el telescopio — un dispositivo óptico llamado COSTAR que compensaría exactamente el defecto del espejo. En diciembre de 1993, durante una espectacular misión de mantenimiento, los astronautas instalaron el COSTAR y reemplazaron los instrumentos defectuosos. Cuando las primeras imágenes corregidas llegaron a la Tierra, los científicos lloraron. El universo, por fin, aparecía con una claridad sobrenatural.
¿Qué cielo se extendía sobre Cabo Cañaveral en el momento del lanzamiento? Aquel 24 de abril, el sol de Florida brillaba alto en un cielo de azul profundo. El Sol se encontraba en la constelación de Aries, alto en el cielo a la hora del lanzamiento. Aunque las estrellas eran invisibles en pleno día, la configuración celeste de aquella primavera de 1990 era notable.
En el cielo nocturno que había precedido al lanzamiento, Leo el león dominaba el firmamento, con Régulus brillando como un faro sobre el Atlántico. Virgo ascendía por el este, llevando en sus brazos la estrella Espiga, de un brillo azul-blanco puro. El Boyero, con el flamígero Arturo, apuntaba hacia el cénit. La Osa Mayor, la figura más reconocible del cielo septentrional, señalaba fielmente la Polar, ese eje inmutable alrededor del cual parece girar todo el cielo. Júpiter relucía en Cáncer, añadiendo su resplandor dorado al cuadro.
A lo largo de los treinta años siguientes, el Hubble transformaría nuestra comprensión del universo de forma inconmensurable. Fue el Hubble el que fotografió los Pilares de la Creación — esas columnas de gas y polvo en la Nebulosa del Águila donde nacen nuevas estrellas. Fue el Hubble el que permitió medir con precisión la edad del universo: 13.800 millones de años. Fue el Hubble el que reveló que la expansión del universo se estaba acelerando, conduciendo al descubrimiento de la energía oscura. Fue el Hubble el que sumergió su mirada en el vacío aparente de un diminuto cuadrado de cielo — el Campo Profundo del Hubble — y descubrió allí miles de galaxias, cada una conteniendo cientos de miles de millones de estrellas.
El Telescopio Espacial Hubble permanece en órbita hoy, más de treinta años después de su lanzamiento, continuando enviando imágenes que empujan los límites de nuestra comprensión. Aquel 24 de abril de 1990, bajo el cielo azul de Florida, la humanidad envió un ojo de vidrio y metal más allá de la atmósfera — y ese ojo le mostró un universo más vasto, más antiguo y más hermoso de lo que jamás había imaginado.